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1. Escucharlos: hay que darles voz para saber qué sienten, qué piensan, cómo ven la situación,… Sus análisis pueden ayudar a la familia.

2. Darles espacio, a puerta cerrada: los adolescentes necesitan un espacio exclusivo para ellos, y favorece mucho la convivencia entender eso y respetarlo, dejarles el espacio y la soledad que necesitan.

3. Revisar normas y obligaciones: Igual que no es bueno estar todo el día juntos, tampoco lo es estar todo el día encerrado, cada uno en su espacio. Hay que poner límites y normas, repartir tareas y espacios comunes para que todo el mundo contribuya al bienestar de los otros, limitar el uso de pantallas,… La rutina ha cambiado y estamos conviviendo 24 horas, de modo que hemos de revisar las normas, explícitas o no, que funcionan en casa, porque el reparto de obligaciones que funciona normalmente quizá ahora no es justo o adecuado. Se trata de “renegociar” las obligaciones de cada uno –adultos y niños o jóvenes– con la vista puesta en que la convivencia funcione, en anticiparnos para evitar conflictos innecesarios.

4. Conversar y buscar interacciones agradables: Hemos de encontrar espacios de interacción positiva, de jugar a algo, de hacer alguna actividad divertida juntos,… Además de escuchar a los hijos, “hemos de poder conversar y relacionarlos con ellos de otra forma”. Y si no se está muy acostumbrado, una buena forma de iniciar conversación es preguntarles si tienen algún sueño, qué proyecto les gustaría llevar a cabo en el futuro, qué pasos pueden dar ahora para ello,…

5. Convertirles en maestros: Se puede aprovechar para aprender de ellos y con ellos nuevas habilidades en las que los adolescentes son muy buenos, como las tecnológicas, el uso de aplicaciones, redes sociales,… “Podemos convertirlos en maestros nuestros, aprovechar para que nos enseñen, que nos recomienden series y verlas o comentarlas juntos, que nos compartan vídeos y publicaciones de risa en las que son expertos,… y contagiarnos de esa vitalidad y buen humor adolescentes”.

6. Controlar las propias emociones: A veces somos adultos por edad pero no emocionalmente, y quizá nos dejamos llevar por nuestro miedo, angustia, impotencia… Y las emociones se contagian al resto de personas que hay en casa y se enrarece el clima general. Por ello, es mejor no dejarse llevar por esos instintos primarios, limitar las horas y momentos del día en que nos informamos sobre lo que está pasando para no inundarnos constantemente de noticias negativas o sobre el coronavirus. Si recalcamos solo mensajes negativos nos va a perjudicar, porque entramos en bucle, y nuestro sistema inmunitario también se debilita si estamos todo el tiempo con pensamientos desagradables. Es un buen momento para aprender a gestionar nuestro propio tiempo, y dedicar un momento del día a valorar qué ha habido de bueno en él, qué hemos descubierto que normalmente nos pasa desapercibido,… Esto calma y da serenidad, y ayuda a llevar mejor la convivencia y a asumir con más tranquilidad los conflictos que puedan surgir.

7. Sopesar las batallas: ¿Endurecer o aflojar las reglas? ¿Ser más estricto o más laxo en circunstancias excepcionales de convivencia? Pues hay que sopesar cada caso y elegir las batallas que se lidian. Si sabemos que la exigencia de una norma va a provocar discusiones, hemos de valorar si esa discusión va a favorecer la convivencia o no. cuando uno se da cuenta de que está alterado, hemos de poner el semáforo en luz roja, que significa párate, no sigas, vamos a dejarlo, vamos a tomarnos un tiempo de pausa para recomponernos; es el tiempo entonces del semáforo ámbar, de hacer las cosas que nos ayudan a tranquilizarnos: desahogarnos con amigos, respirar, hacer ejercicio, ponernos una canción que nos de buen rollo…; cuando estemos calmados podemos poner el semáforo verde y volver a encontrarnos”

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